Hace dos días recibí una de las noticias más abrumadoras de estos dos últimos años… De ésas veces en las que automáticamente las piernas tiemblan y el corazón da un vuelco tan fuerte que te duele el pecho.
No es justa, ¿sabes? La muerte no es justa. Se lleva así como si nada a personas que nunca consideramos que se iban a ‘marchar’ tan rápido… Tan precipitadamente y de una manera tan cruel o dolorosa.
Cómo te extraño, amigo mío, te nos fuiste de las manos… Y nos dejaste con un enorme vacío, como si fueras agua escurriéndose por las grietas de nuestras manos; y nosotros estábamos sedientos y ansiosos por darte cariño, amor, tomarte… Mierda, cómo te extraño.
Te recuerdo con tu sonrisa de oreja a oreja siempre, asomándote a la ventana y reconfortándome cada día que estuviste plantando los pies en la tierra, sin haber cerrado los ojos por toda una eternidad.
Una se pasa años buscando al hombre de su vida, un hombre perfecto, ideal. Te frustras, te desilusionas. Crees haberlo encontrado, crees tener a esa persona con la que compartir el resto de tu vida; entonces todo acaba y tus ilusiones se esfuman con sus palabras y promesas. Te preguntas qué es lo que pasa, que dónde está esa persona a la que llevas tanto tiempo buscando. Y pasan los años y las cosas no cambian. Entonces te das cuenta de que el hombre de tu vida en realidad ha estado siempre ahí, viéndote crecer un poquito más cada día, dándose cuenta de cómo has cambiado, de que ya no te hace la misma ilusión el dormir con él, que ya no le coges de la mano por la calle, ya no corres a sus brazos nada más pone un pié en casa; cae en la cuenta de que te escapas entre sus dedos. Pero aun así sigue pidiéndote que tengas cuidado al cruzar la calle como si tuvieses 9 años, sigue pidiéndote un beso de buenas noches. Aun te mira,te coje de la mano y te besa la frente. Ese es el hombre perfecto e ideal. Mi padre es el hombre de mi vida.
